Parpadeaba una luz en medio de la lluvia, agitándose como una leve llama artificial, temiendo a su extinción tanto o más que a perdurar, iluminando a pesar de todo el hilo de mis pensamientos que cada vez se hacían más oscuros. Yo no solía ser así me dije mirando el vaso en mi mano, me estoy contaminando en este ambiente, concluí llevándomelo a los labios. Probablemente esa era la razón por la cual apretaba con tanto anhelo los boletos guardados en mi pantalón, quería escapar de todo esto y quería hacerlo de inmediato. Los boletos eran para dos horas más y aún no le decía a mi primo que los había conseguido. Mi primo era alemán, había escapado de su casa para irse conmigo al nuevo mundo, sin importar lo que sus padres pensaran. Ahora mismo, estaría peleando en un bar no muy lejano, para ganar algo de dinero; era patética nuestra situación pero mucho mejor a la que vivían otros países. Nuestros vecinos de disputaban todo lo que fuera posible, dejando en la completa agonía a sus gentes...cada vez que lo pensaba deseaba más alejarme de aquel sucio mundo que era Europa.
Tomé mi vaso con licor y bebí lo que quedaba burlándome de toda la situación y de un anciano que suplicaba una copa más. Dejé el dinero sobre la mesa y salí a las calles de la gran Berna.
La lluvia seguía percutiendo las arenas con ese ritmo asonante que tanto amaba y me hacía tranquilizar el alma; a pesar de lo callada que se veía, tal como su nombre, esta ciudad era un oso durmiendo, esperando con sus garras listas para atraparte y hacer que tu vida se pierda hibernando con ella.
Llegué pronto a mi casa, un pequeño cuarto con sólo lo necesario, no necesitábamos más para convivir con mi primo. Abrí la puerta y lo que vi me dejó con la mano tiritando en el pomo. Yo era fuerte, me lo decía todo quien me conocía; podía recuperarme de cualquier cosa, sin embargo lo que vi superaba con creces mi límite. Grité pero no me moví ni un músculo, las personas dentro se voltearon a verme y sonrieron cínicamente, burlándose del cuerpo en el suelo. No lo dudé, les grité insultándoles y ellos aumentaron su sonrisa mostrando armas. Mi cuerpo no me obedeció y se dio a la huida, abandonándolo a las manos de los cuales decían ser neutrales y que con él no lo habían sido. Detuve mi carrera a pasos de la estación y saqué los boletos de mi bolsillo; los miré con resignación y solté uno al viento nocturno. El dueño de aquel trozo de papel ahora ya no lo necesitaba.
Wuju, ya lo había leído.
ResponderEliminarY creo que ya te había dado mi opinión.
Naranjas ! :B